La imaginación voló el día que soñé ese algoritmo catastrófico. Todo creció en mí. A partir de ahí, fue dónde mi querida madre dijo, después de explicárselo: “¿Y por qué no escribirlo? Desde ahí, plasmé las ideas hasta llegar aquí. Con mis diecisiete años, puedo decir que al fin he conseguido cumplir el sueño que siempre me ha perseguido desde bien pequeño.